(A partir de la lectura de Rubert de Ventós, Xavier: Por qué filosofía, Editorial Sexto Piso, 2008. pp. 11-33)
Vemos claro lo que no nos importa, el volumen y la textura del mundo advienen merced al interés que prestamos en las cosas. La realidad, las cosas, los demás, increpan nuestra a nuestra conciencia y nos son dadas, prescindiendo de nuestro interés, no obstante, el mundo, el para-sí de la realidad, dependen en gran medida de la atención que en él tengamos. Y el mundo filosófico no brota sin antes mostrar un cuidado particular, a saber, darse cuenta de los límites del propio conocimiento.
Este despertar se ve impedido por el deseo neurótico de querer ver todo, y verlo con claridad y distinción. Este ‘osar ver’ es eminentemente terapéutico: apacigua la angustia originaria y el miedo que el entorno (no el mundo, éste es el resultado del ‘osar ver’) produce al organismo que nace totalmente vulnerable. Al recibir tal amenaza del mundo, el hombre tiende a situar, localizar y definir para controlar.
La Filosofía surge con el dispositivo desestabilizador del sistema creado por tal neurosis, puesto que, por principio, no ofrece seguridad, ni consuelo sino inestabilidad y desasosiego. La Filosofía recuerda el caos primigenio en el cual estamos; en aquélla no hay lugar donde pacer. Si la ciencia y el mito, formas en las que ha desembocado la inclinación del pretender ver claro, nos ofrecen la adultez y la satisfacción, la Filosofía nos remite a la adolescencia y a la angustia: nos recuerda la Falta. No se contenta con el más acá de las explicaciones inmediatamente dadas sino busca un más allá.
En la economía psíquica es altamente placentera la construcción de mundo; no es arbitrario ni está lejos de nuestra realidad el momento narrado en el Génesis en el que el Hombre, recién llegado a un entorno totalmente ajeno a él, se empeñe en la tarea de dar nombres a los seres que le rodeaban. Dar nombre, definir, hace mundo. Ante tal situación inherente al ser humano, la artificiosa empresa de la Filosofía es demoler tal edificio o, al menos, cimbrar sus cimientos usando el andamiaje mismo, esto es, el lenguaje es al mismo tiempo barrera y herramienta de la filosofía.
Hasta aquí la Filosofía no parece otra cosa que el cruel empeño de hombres malvados de sembrar el miedo y la angustia dentro de un sistema que nos ha permitido supervivir a lo largo de los siglos. Sin embargo, también tiene un momento positivo. Frente a este ‘osar ver’ propondría un ‘osar ignorar. Pero, cuál sería el fin de este ‘retroceso’? En la necedad del querer-ver, a veces lo que buscamos impide ver lo que tenemos en frente; el edificio del conocimiento científico o mitológico al mismo tiempo que nos ofrece un objeto, obstruye la cosa que ya teníamos en frente. Y así es cómo nos movemos en un mundo de ideas preconcebidas. No vemos lo que está en frente porque ya creemos verlo, no como realmente se nos presenta sino como satisfactoriamente lo hemos simplificado. La realidad es más compleja y matizada que lo que prevemos.
Ahora bien, la Filosofía tampoco debe tomarse como ninguna panacea. que remedie lo irremediable, puesto que es necesario que tengamos creencias que nos den seguridad, sin embargo, es igualmente cierto que muchas de esas creencias neuróticas nos impiden ver la realidad tal como se nos presenta. Necesitamos, entonces, ciencia y mito que nos ofrezcan certezas para evitar la angustia, pero tales creencias deben estar en continua revisión, esto es, expuestas a constantes movimientos y cuestionamientos. Así, es preferible pues, una ignorancia ilustrada que una sabiduría ingenua.
martes 10 de febrero de 2009
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